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Mirada al cielo, salto de emoción y una sonrisa, los adornos de una presentación que elevaría el nombre de la pesista al Olimpo del deporte colombiano.

En el Centro de Convenciones de Sídney el silencio fue el preludio de la emoción. En su segunda oportunidad en la prueba de envión de 75 kg femenino, María Isabel Urrutia levantó 135 kg. Mirada al cielo, salto de emoción y una sonrisa, los adornos de una presentación que elevaría el nombre de la pesista al Olimpo del deporte colombiano.

Su exhibición en los Juegos Olímpicos de Sídney 2000 fue el premio de una vida dedicada al deporte, que comenzó a los 13 años cuando practicaba atletismo, cuando la fuerza de sus brazos se especializaba en la impulsión de bala y el lanzamiento de disco, lo que la hizo imponer récord nacional en esta última disciplina y que, además, la llevó a representar al país en los años 80 en la categoría juvenil, en Juegos Suramericanos, Centroamericanos y del Caribe, Iberoamericanos y, en mayores, en los Olímpicos de Seúl 1988.

El atletismo fue su primer paso en una carrera que vivió un giro de 180 grados después de los juegos que se llevaron a cabo en la capital de Corea del Sur, en los que no logró terminar dentro de las mejores ocho. Fue cuando apareció el entrenador búlgaro, Gantcho Karouskov, y le mostró que el levantamiento de pesas era un camino en el que podía continuar su tránsito hacia el máximo honor deportivo.

Con 23 años se convirtió en la primera colombiana en practicar el levantamiento de pesas, un nuevo rumbo que la llevó al país en el que el deporte se concibió como una competencia multideportiva, con la capacidad de unir diferentes culturas: Grecia. En su capital, Atenas, afrontó su primer Campeonato Mundial, en el que su nombre se empezó a repetir a lo largo y ancho del país, gracias a la medalla de plata, en la categoría de 82 kg, tras alzar 100 kg en el arranque y 130 en envión, para un total 230 kg.

Esa fue la puerta para grandes triunfos, como las medallas de oro que obtuvo en los Campeonatos Mundiales de Budapest, Hungría, en 1990, en la categoría de 82.5 kg y Estambul, Turquía, en 1994, en los 83 kg.

Además, del título en los Juegos Mundiales que se llevaron a cabo en Lahti, Finalndia, en 1997, en los 83 kg. Estos logros se convirtieron en la introducción perfecta para lo que sería su obra maestra: el oro en los Juegos Olímpicos de Sídney 2000.

De vuelta en el Centro de Convenciones todo es expectativa: Ruth Ogbeifo, de Nigeria, Yi-Hang Kuo, de China Taipei, y María Isabel Urrutia, de Colombia, finalizaron con el mismo peso en el total: 245 kg. El oro se reduce al peso corporal de las atletas. La asiática pesó 74.52 kg, la africana 74,20 y la suramericana 73,28, razón por la que el podio quedó conformado por Urrutia, Ogbeifo y Kuo.

Colombia se llenó de júbilo, una medalla de oro antológica, la primera en unos Juegos Olímpicos, la que abonó el camino para que atletas como Mariana Pajón, en Londres y Rio de Janeiro; Caterine Ibargüen y Óscar Figueroa, en Rio 2016, hicieron que las notas del himno nacional se entonaran con orgullo en esta competencia.