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22/01/2026

Una muerte que obliga a reaccionar como sociedad

Por HEGEL Ortega Madero
Analista deportivo | Columnista – www.lagalacticaradio.com

Lo ocurrido el pasado miércoles en Cartagena no fue un simple episodio de desorden entre hinchas. Fue una señal de alerta que no podemos ignorar.

Mientras la ciudad respondía con altura a un evento internacional —el partido de Copa Libertadores entre el Junior de Barranquilla y Palmeiras en el estadio Jaime Morón—, la violencia volvió a imponerse en las calles. El resultado fue trágico: la muerte de Gabriel, un joven que, como tantos, solo quería vivir el fútbol.

Cartagena cumplió. Hubo organización, turismo, economía en movimiento y visibilidad. Pero la sociedad falló. Y lo más preocupante no es el hecho en sí, sino lo que revela: una degradación progresiva en la forma en que algunos jóvenes entienden la convivencia, la diferencia y la vida misma.

Aquí no basta con hablar de fútbol. Esto va más allá. Es la suma de vacíos: falta de orientación, consumo de sustancias, necesidad de pertenencia mal dirigida, ausencia de límites y una peligrosa normalización de la violencia como forma de reconocimiento.

El rival ya no es rival. Es enemigo. Y en esa lógica, cualquier excusa sirve para agredir.

También hay que decirlo: el discurso importa. Cuando desde micrófonos y redes se exacerban los ánimos, cuando se trivializa el error o se alimenta el odio, se contribuye a un ambiente donde la violencia encuentra justificación. La palabra, mal usada, también hace daño.

El fútbol es un juego. Un espacio de pasión, sí, pero también de respeto. Se equivoca el jugador, se equivoca el árbitro, se equivoca el periodista. Pero ninguna equivocación justifica una agresión, y mucho menos una muerte.

Hoy hay una familia rota. Un dolor que no se supera. Y una pregunta que incomoda: ¿en qué momento empezamos a ver esto como algo “normal”?

Que no nos acostumbremos al horror.
Que el terror no se vuelva titular cotidiano.
Que la muerte no se convierta en paisaje.

Porque el día que eso pase, ya no habrá nada que reclamar. Ese día, simplemente, habremos perdido como sociedad.